jueves, octubre 26, 2006

La Leyenda de Veramonte (Parte final)

... Continuación

El primer día caminamos tranquilamente hasta llegar a la Bahía San Isidro, donde se ubica el faro del mismo nombre, lugar en el cual decidimos hacer la primera parada para almorzar, un merecido descanso después de una larga caminata.

El viaje siguió sin contratiempos disfrutando de las maravillas de la zona, en esos momentos nuestro recurso más preciado y solicitado eran nuestras cámaras fotográficas las cuales no dejaban de obturar.

Al caer la tarde nos encontramos con un pequeño bote que se encontraba a orillas de lo que alguna vez fue una ballenera, después de una pequeña conversa amablemente nos regalaron unas Centollas que fueron nuestro deleite al momento de la cena.

Más tarde, al caer la noche, encontramos un pequeño lugar bien protegido en el cual decidimos armar campamento.

Día 3

Despertamos con una fuerte lluvia (de esas que solo se ven en la Patagonia) y continuamos con nuestra marcha, esta vez por un terreno bastante más duro con acantilados y turbales debiendo alejarnos por un largo tiempo de la costa, sin un sendero demarcado, buscando entre riachuelos y bosques tupidos algún lugar por donde avanzar. A estas alturas la lluvia era intermitente lo que nos permitía desplazarnos cómodamente.

Cuando comenzaba a caer la tarde, la Paz que se encontraba con un fuerte dolor de rodillas se iba quedando atrás y el camino a esas alturas ya no existía por lo que nuestro desplazamiento era por un roquerío que era golpeado por las olas las cuales nos anunciaban la crecida de la marea. Había que apurar la marcha.

Maravillosa fue nuestra sorpresa al encontrarnos con una pequeña playa (muy pequeña) la cual nos permitiría armar nuestro campamento.

A esas alturas la marea cada vez más nos quitaba un pedazo de playa, la leña mojada nos hacía difícil poder encender un fuego para secar la ropa y calentarnos pero lo logramos, cada 10 minutos vigilábamos la marca que habíamos dejado para controlar la subida de la marea y cada vez era más preocupante.

Ya de noche una sirena nos hizo asomarnos de nuestras carpas y observar un enorme crucero que nos saludaba… me hizo recordar lo que alguna vez leí en un libro de Martin Gusinde quien explicaba el origen de “Tierra del Fuego” contando que esta zona recibió dicho nombre debido a que los navegantes divisaban numerosas fogatas a la orilla de la costa hechas por los kawésqar.

Esa noche fue poco lo que dormimos porque el reventar de las olas hacia llegar el agua a menos de un metro de nuestras carpas por lo que la velada fue larga.

Teníamos claro que al día siguiente vendrían las pruebas más duras de nuestra travesía. El cruce de los ríos San Nicolás Y Nodales que según lo leído y lo escuchado no sería tarea fácil.

Al avanzar por la playa encontramos el primero de estos ríos y la verdad no habían exagerado. Por lo menos 25 metros de ancho en su desembocadura. Tabla de mareas en mano decidimos esperar hasta que esta estuviera baja y nos dispusimos a cruzarlo

El frío calaba los huesos, el agua helada nos hacia temblar pero sorteamos con éxito la primera etapa.

Algo de comer y a continuar la marcha.

Mas allá, el Río Nodales mas ancho aún. Y desgraciadamente con los inicios de la marea alta. No había tiempo que perder… fuera pantalones, mochila sobre la cabeza y a cruzar a como diera lugar.

Como yo era el más bajo del grupo me toco la peor parte, el agua hasta las axilas. Pero la misión estaba cumplida, después veríamos como volver…

A esas alturas lo único que queríamos era llegar a destino y la suerte nos acompaño.

Entre el silencio de la patagonia y el ruido melodioso del mar oímos el sonido de un tocotoco (apodo que le pusimos a esos pequeños botes pesqueros por su característico sonido del motor).

Rápidamente busque en mi mochila y lo encontré, un preciado Transceptor de VHF en el que previamente habíamos programado las frecuencias marinas. Un par de llamados y obtuvimos respuesta, 10 minutos después nos encontrábamos dentro del bote tomando café. En lo que podríamos decir que fue un viaje a dedo.

El bendito bote, que no recuerdo su nombre, nos dejo justo bajo la cruz de los mares donde el estrecho da la vuelta para mirar el Océano Pacifico.

Desgraciadamente el día estaba tan nublado que apenas se veía lo que había a un metro, subimos por el acantilado hasta llegar al sendero que lleva hasta la misma "cruz de lo mares", pero decidimos esperar que despejara un poco para luego subir y observar el tan esperado paisaje.

Desgraciadamente la patagonia no nos dio esa oportunidad y esperamos largamente alrededor de una fogata muy humeante producto de la leña mojada, en la cual secábamos nuestra ropa.

Comimos, reímos y nos hidratamos, mientras decidiamos que hacer: o nos quedabamos hasta el dia siguiente para subir a la cumbre o nos regresabamos.

Nuevamente el ruido de un tocotoco y la respuesta a nuestra pregunta salió sola. Era otro bote que se dirigía hacia el Norte, era nuestra oportunidad de regresar, a sabiendas que no obtendríamos nuestro tesoro, la preciada fotografía desde la cruz de los mares.

Nuevamente radio en mano comenzaron las llamadas, hasta que por fin respondieron.

Era el momento de emprender el regreso a casa.

El viaje fue agradable hasta que nos enteramos que el bote traía problemas en el motor de partida, esto significaba que si se detenía no había como hacerlo partir nuevamente. Esto no habría significado mayor problema para nosotros sino fuera que la mar estaba "picada" y nos esperaba con un lento avance.

Por la frecuencia de emergencias del bote se escuchaba un "mayday, mayday, aquí María Elena me hundo". Era otro bote, de similares características al nuestro que se encontraba en serios problemas. Lo que nosotros considerábamos un puerto seguro (Bahía Mansa), se había transformado en una zona de riesgo producto de las marejadas.

Nosotros a esas alturas, colchoneta inflable en mano, cámara fotográfica envuelta en plástico y cabeza fuera de borda vomitando, esperábamos cualquier cosa. Afortunadamente el capitán de la embarcación junto a su tripulación hicieron lo posible para llegar a puerto de buena forma. Una vez logrado eso, esperamos hasta recuperarnos, tomamos lo primero que pudimos y emprendimos camino hacia Punta Arenas, dejando atrás el tesoro de Veramonte el que más temprano que tarde espera que alguien lo recupere.